El cuerpo como medida

Publicado por Silvia Marquez en

El cuerpo como medida

Por Cristobal Marín, Doctor en Historia del Arte y licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.

“Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba”.

Rosario Castellanos

Dijo Protágoras en el siglo V a. C. que el hombre era la medida de todas las cosas, y sin entrar en reflexiones filosóficas, efectivamente, algunas partes del cuerpo humano fueron tomadas como patrón de medida, especialmente en la antigüedad. Así tenemos por ejemplo, se usaron el codo, el dedo, el brazo, la mano, el palmo o el pie.

Policleto estableció el canon de la proporción masculina en siete cabezas, y posteriormente Praxiteles y Lisipo lo aumentaron a siete cabezas y media, otorgando a sus creaciones mayor elegancia y esbeltez. Se trataba en ambos casos de una proporción orgánica y y objetiva[1].

En el Renacimiento encontramos la aplicación de proporciones matemáticas, que fueron reflejadas en el dibujo que Leonardo da Vinci ejecutó hacia 1490, conocido como El hombre de Vitruvio, en el que se establecía la simetría en el cuerpo masculino que tenía como fuente los escritos sobre arquitectura del romano Vitruvio, en el siglo I a. C. (imagen 1)

Poco podía imaginarse Leonardo que su prototipo de hombre con medidas perfectas sería reinterpretado en el año 2008 por Marina Núñez, (Palencia, 1966) haciéndolo girar suspendido en un espacio indefinido, en su obra titulada Canon [2]. (imagen 2)

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Alcanzar esas medidas físicas perfectas se ha vuelto a plantear como un objetivo a alcanzar, particularmente en las sociedades occidentales, interpretándose como un reflejo del éxito personal.

En este sentido, la publicidad contribuye a crear una espiral perfecta de consumo que engloba factores de autoestima y de recompensa por el esfuerzo realizado. Se mejora la salud por medio del ejercicio regular, se potencia la inscripción en gimnasios, que conlleva adquirir ropa especializada y estimula la aparición en el mercado de un amplio muestrario de complementos nutricionales. A su vez, proliferan las publicaciones específicas dirigidas a este sector, destinadas tanto para hombres como para mujeres.

Pero en el presente trabajo queremos reflexionar sobre otras posibilidades de estudio o interpretación del cuerpo humano como constante referencia, medida o fuente de inspiración para diferentes artistas a lo largo de la historia del arte.

Se ha jugado con la ilusión del cuerpo duplicado reflejado en un espejo. Algunos artistas han representado cuerpos que levitan, como en la etapa surrealista-atómica de Dalí. Otros los muestran ingrávidos o manteniéndose en un equilibrio imposible, como en las fotografías de la artista visual y directora de cine Sam Taylor-Wood (1967), y en los últimos años hemos asistido a un incremento de la práctica extrema llamada Body Suspension, que consiste en colgar el cuerpo de ganchos que atraviesan la piel y poleas. Un ejemplo en cine lo tenemos en la película de Elliot Silverstein de 1970, Un hombre llamado caballo. (imágenes 3 y 4)

 

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Pero debemos disertar igualmente sobre las anomalías físicas o psíquicas que pueden afectar a hombres y mujeres, así como del empleo del propio cuerpo del creador, como campo de exploración y expresión artística. El artista incluso puede llegar en ocasiones a  llevar a cabo actos violentos sobre él mismo de forma voluntaria, en aras de transmitir una idea, un sentimiento o incluso para manifestar una denuncia, todo ello a través de las múltiples disciplinas que comprenden los lenguajes del arte.

Si tomamos como hilo conductor de nuestro discurso el ciclo vital humano, podremos demostrar que sus distintas fases resultan tremendamente sugerentes para las mentes creadoras  de los artistas ya desde el inicio del mismo.

Básicamente y como sucede en la mayoría de las especies, tras la gestación nacemos, crecemos, maduramos, procreamos, envejecemos y morimos. En cada una de esas etapas el cuerpo experimenta cambios muy significativos, que se tornan dramáticos cuando aparecen anomalías que distorsionan o frenan el desarrollo orgánico normal de la anatomía humana.

Si comenzamos con la gestación, aunque contamos con una abundante bibliografía sobre el papel de las matronas y su actuación en el proceso del parto casi desde las primeras civilizaciones, son muy escasas las obras de arte que reflejan el fenómeno del embarazo hasta el siglo XX. A pesar de ello, podemos reseñar unos ejemplos notables relacionados con este asunto[3].

Entre los dibujos de anatomía que realizó Leonardo da Vinci a principios del siglo XVI, hay uno particularmente interesante que muestra el feto dentro del útero.

Durante su estancia en Florencia, Rafael Sanzio pintó una serie de retratos, entre los que destaca por lo singular de su temática, el conocido como Donna Gravida, fechado entre 1505 y 1506.  (imagen 5)

Ya en el periodo barroco, Marcus Gheeraerts, el Joven, pintó en Inglaterra una serie de retratos de mujeres embarazadas, como el titulado Retrato de dama en rojo, ejecutado en 1620 (Tate Gallery de Londres), que además de aportar una información valiosa sobre la moda del momento, nos ofrece el testimonio de un cambio de mentalidad frente a épocas anteriores, en las que la mujer vivía todo el proceso gestacional de forma discreta, preferiblemente en el interior de su hogar y sin apenas mostrar su estado en público.(imagen 6)

Con el paso del tiempo y dada la evolución que experimentó el arte, encontramos una forma radicalmente distinta de representar a la mujer embarazada en la obra Esperanza I, de Gustav Klimt, quien en 1903 pintó a Herma, una de sus amantes, desnuda, en avanzado estado de gestación, y rodeada de figuras inquietantes. No es el único ejemplo que encontramos de este asunto en la pintura de Klimt, pero sí el que más elementos simbólicos contiene[4]. (imagen 7)

Revolucionaria, y constantemente imitada, fue la fotografía que le hizo Annie-Leibovitz a Demi Moore para la portada del número de agosto de 1991 de la revista Vanity Fair. Era absolutamente impactante, ya que la que la actriz aparecía espléndida, desnuda y embarazada de siete meses, pero dotada de una positiva y fuerte carga sensual que anulaba la idea de la mujer gestante cumpliendo con su función reproductora, carente de todo atractivo sexual.(imagen 8)

Pero la libertad creadora de los artistas también posibilita la aparición de interpretaciones siniestras y controvertidas del tema del embarazo. Este es el caso del polémico médico y artista, Gunther von Hagens, conocido por aplicar el efecto de la plastinación a cadáveres; en una de sus cuestionadas creaciones muestra a una mujer reclinada en cuyo interior se hace visible un feto de ocho meses. (imagen 9)

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El debate se centra entre los que piensan que este tipo de experimentación supone una meritoria aportación a los estudios médicos, y los que se plantean si es éticamente correcto realizar exposiciones con este macabro muestrario, y ganar dinero con ello. A pesar del revuelo que provocan, lo cierto es que estas exhibiciones son un éxito de asistencia de público, especialmente joven e infantil, y en su defensa encontramos a los que opinan que estamos ante una forma interesante de desdramatizar el tema de la muerte y al mismo tiempo contemplar con cierta fascinación morbosa la conformación de nuestra propia anatomía despojada de la piel.

La posibilidad de que este tipo de obras sean la base de la producción de un artista, se debe a la aceptación de lo monstruoso, de lo feo y lo grotesco como categorías estéticas.

La norma general es que el artista represente con respeto a aquellos que sufren algún tipo de malformación, como hizo José de Ribera en 1642, cuando retrató a un muchachito patizambo, o con el pie varo[5].

En España, Velázquez retrató a prácticamente todos los prodigios de la naturaleza que pululaban por el viejo Alcázar de los Austrias, y para Carreño de Miranda posó en 1680, vestida y desnuda, Eugenia Martínez Vallejo, la pobre niña llamada La Monstrua o La Niña Gigante, aquejada de síndrome hipercortical, por lo que pesaba unos 70 kilos con apenas 5 o 6 años[7].

En la época contemporánea, el cine y la televisión han incluido a personas aquejadas de enanismo en películas destinadas generalmente al público infantil y juvenil, como las distintas versiones que se han hecho del cuento de Blancanieves; ocuparon papeles protagonistas en Willow (Ron Howard, 1988), así como en las trilogías de El señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001, 2002, 2003), o del Hobbit (Peter Jackson, 2012, 2013, 2014).

En cuanto a series de televisión, un ejemplo inquietante en el baile del enano en la serie Twin Peaks, (David Lynch y Mark Frost, 1990-1991), o el caso del actor Peter Dinklage, que interpreta el papel de Tyrion Lannister en la exitosa serie Juego de Tronos (desde el estreno de la primera temporada en 2011).

Hay que tener en cuenta que algunos artistas han sufrido igualmente algún tipo de dolencia, como es el caso del particular enanismo de Toulouse Lautrec (1864-1901), o las tremendas malformaciones del cuerpo de María Blanchard (1881-1932), debidas a una desgraciada caída de su madre cuando se encontraba en un avanzado estado de gestación, y que marcaron de forma dramática la vida personal de ambos.

A caballo entre la mofa y la apreciación científica, las mujeres barbudas, es decir, aquejadas de hirsutismo, fueron representadas mostrando su singular particularidad por maestros de nuestra pintura, como Sánchez Cotán, quien retrató en 1590 a Brígida del Río. Por su parte, sabemos que Helena Antonia de Lieja estuvo al servicio de la reina Margarita de Austria en Madrid, y aunque no conocemos el autor de su retrato, debió posar para el artista hacia 1622, luciendo su poblada barba con toda naturalidad[8]. (imagen 13)

 

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Sin embargo, el más conocido ejemplo de este fenómeno es sin duda Magdalena Ventura, que fue retratada en 1631 en Nápoles por José de Ribera, a petición de quien ostentaba entonces el cargo de virrey, don Fernando Afán de Ribera y Enríquez, III Duque de Alcalá. Aparece Magdalena con su marido, y amamantando al hijo que sorprendentemente tuvo cuando contaba con 52 años de edad.

En el siglo XIX, las personas aquejadas de deformaciones severas fueron por lo general objeto de exhibición circense para satisfacer la fascinación o curiosidad morbosa del público, mostrando lo que ellos consideraban un talento, y que al menos les daba la oportunidad de ganar dinero de una forma digna.

Hasta ahora hemos visto solo algunos de los numerosos casos de rarezas físicas que han sido reflejadas en los distintos lenguajes del arte. Pero ¿qué sucede cuando el artista utiliza conscientemente su propio cuerpo como superficie en la que plasmar sus creaciones?

Algunos autores han llevado a sus obras alguna circunstancia dramática de sus vidas, como cuando Van Gogh se autorretrata tras haber perdido una oreja, al parecer a causa de una violenta disputa con el también pintor, Gauguin.

Frida Kahlo pintó su espalda abierta y sangrante cuando se tuvo que someter a numerosas intervenciones quirúrgicas derivadas de un terrible accidente que sufrió en su juventud.

La polifacética artista neoyorkina Hannah Wilke (1940-1993), una de las primeras representantes del feminismo artístico, se inspiró en el cáncer que padeció su madre a finales de los años 70 del siglo XX para realizar una serie de obras a modo de memento mori. Años más tarde, cuando a ella le diagnosticaron la misma enfermedad, realizó para su serie más íntima, titulada Intra Venus, esculturas, miles de fotografías y numerosos vídeos, en los que a modo de terapia, fue registrando los cambios que iba sufriendo su cuerpo durante los seis últimos años de su vida. (imagen 22)

Pero nosotros queremos hacer una breve referencia a las ocasiones en las que el artistas utiliza el cuerpo como objeto artístico, realizando una serie de intervenciones sobre el mismo, a veces violentas, buscando nuevas formas de crear, de comunicar, de expresar o transmitir, en oposición al arte tradicional.

Este es el caso, por ejemplo, del Accionismo Vienés de los años 60 del siglo XX, en el que artistas como Gunter Bruss, Otto Muehl, Herman Nitsch o Rudolf Schwarzkogler, quienes sin formar un grupo propiamente dicho, reivindicaron la vinculación del contenido de la creación artística a una serie de conceptos como acción, revolución o destrucción[11]. (imagen 23)

Se mezclaron en sus obras de forma intencionadamente agresiva, vulgar y grosera, el uso de la sangre de animales sacrificados derramada sobre cuerpos humanos, la simulación de mutilaciones y heridas, aderezando todo ello con una fuerte carga sexual.

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En este sentido, algunos artistas del llamado Body Art más extremo mantuvieron algunos de esos postulados, realizando intervenciones directamente sobre el cuerpo cargadas de violencia, mediante laceraciones, incisiones con objetos cortantes o punzantes, quemaduras, cortes con vidrios rotos, etc.

La investigación o exploración de las posibilidades expresivas que tiene la alteración dolorosa del propio cuerpo, ha llevado a artistas como Gina Pane (1939-1990) (imagen 24), Marina Abramovic (1946), David Nebreda (1952) (imagen 25) o Catherine Opie (1961), a infligirse heridas de todo tipo para mostrar su cuerpo sangrante[12]. (imagen 26)

Ese proceso creativo se fotografía formando series o se registra en vídeo. Se trata de performances cargadas de simbolismo en las que a modo de mártires laicos, los artistas parecen sacrificar su cuerpo al arte para mostrar su particular talento.

Estamos ante acciones bizarras en las que el creador ya no representa algo externo a él, sino que demuestra su destreza artística experimentando directamente sobre su cuerpo u ocasionalmente sobre el de otros. El lienzo se hace orgánico en forma de piel de medidas limitadas, único e individual, pero con múltiples posibilidades plásticas que explorar.

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Utilizando cuchillas de afeitar, clavos, agujas, u otros materiales cortantes, laceran su cuerpo, lo cortan, lo punzan o lo perforan. El verter sangre y utilizarla para escribir, pintar, empapar o manchar, es una consecuencia habitual de estos nuevos rituales, y puede tener diversas lecturas o encerrar sutiles metáforas.

Esas prácticas pueden recordar las escarificaciones que se llevan a cabo en diferentes culturas africanas, americanas o de Oceanía, si bien el sentido y significado por el que las realizan sea absolutamente diferente en aquellas, ya que pueden ser reflejo de estatus social o jerarquía, fortaleza o simple intención decorativa. El equivalente a ello en el ámbito occidental podrían ser el tatuaje, el piercing o los dilatadores para las orejas.

La automutilación es sin duda la acción más extrema a la que puede llegar una persona, y si bien se presenta como una actividad artística, cabe preguntarse si estamos ante un hecho creativo o la manifestación de una mente enferma. La automutilación tiene su reflejo en el cine en la película de 2001 La pianista, de Michael Haneke.

Dado su alto índice de impacto en el público, la automutilación se ha llegado a utilizar como forma de protesta política. Este es el caso del artista ruso Piotr Pavlenski (1984). Su modus operandi ha consistido hasta ahora en desnudarse en un lugar público y agredirse, bien seccionándose el lóbulo de una oreja con un gran cuchillo, clavándose el escroto a un adoquín en la Plaza Roja de Moscú o cosiéndose la boca, para denunciar una situación injusta o apoyar una causa en la que cree.(imagen 27)

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La artista japonesa Ryoko Suzuki (1970), procedió a impregnar tiras de tripa de cerdo en su propia sangre para atar con ellas partes de su cuerpo, desde la cabeza a las extremidades, pero con tal fuerza que en ocasiones rasgaban la piel. El resultado de ese estrago quedó registrado en su serie fotográfica titulada Bind, de 2001. (imagen 32)

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Realizar ese embalaje tortuoso simbolizaba para ella su paso de la pubertad a la madurez, dotando así a la composición de un complejo trasfondo psicológico y sexual. En la red surgieron imitadores de esta acción, y en cierto modo, encontramos también una conexión entre la acción de la japonesa y la obra del español Dino Valls (Zaragoza, 1959) titulada Filum, de 2013, o la portada del último trabajo de Madonna, titulado Rebel Heart (2015). (imágenes 33 y 34)

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La joven fotógrafa italiana Giorgia Napoletano (1991), utiliza su imagen para crear ambientes a blanco y negro, en los que su cuerpo se desintegra, se corrompe o se transforma de forma digital en algo irreal pero que aún recuerda a un ser humano. Se trata de creaciones que tienen ecos de la figuración surrealista o de las vanitas barrocas. (imagen 35)

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Para finalizar nuestra exposición, sabemos que el final de nuestro ciclo vital es la muerte del cuerpo. Aunque excedería la extensión de este trabajo hacer una relación de los artistas que han reflejado este asunto en sus obras, nos gustaría destacar la obra del fotógrafo americano Joel-Peter Witkin (1939). Representante de lo que muchos han calificado como arte degenerado, Witkin organiza composiciones a blanco y negro con restos humanos a modo de bodegones, o recrea cuadros famosos de la historia del arte con personas que sufren anomalías físicas severas, hermafroditas, enanos, lisiados, cadáveres, etc. El resultado es perturbador, y causa tanto rechazo como morbosa atracción en el espectador. Lo que es seguro es que jamás deja indiferente. (imagen 40)

Sus fotografías abren el debate entre la profanación, lo asqueroso, lo moral, lo ético, etc. Nada tan perturbador como enfrentarnos a la única verdad que conocemos, la muerte, a través de esos montajes de pesadilla, realizados con miembros humanos que se almacenan en las morgues, y que nadie ha reclamado.

Carecen del sentido de los retratos post mortem del siglo XIX, no tienen la poesía de las vanitas y apenas transmiten el mensaje de un memento mori, y sin embargo es un artista que cuenta con el reconocimiento de miles de seguidores en todo el mundo. 

Hay quien piensa que el escándalo que provocan sus obras le sirve de publicidad, y eso lleva a que sus creaciones se conozcan y se vendan (son muchos los artistas que son acusados por el mismo motivo, como es el caso del fotógrafo Nobuyoshi Araki (1940), de quien se dice que con sus obras incita a la violencia sexual contra las mujeres), pero se trata de una polémica que no es objeto de este trabajo[15]. (imagen 41)

Para finalizar solo reconocer que las posibilidades de estudio del cuerpo como inspirador de obras de arte son múltiples, pero creemos haber realizado una aproximación lo suficientemente significativa a una parte de las mismas que hemos considerado de especial relevancia.

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[1] POLLIT, J.J. Arte y experiencia en la Grecia clásica. Xarait, Bilbao.1984

[2] NÚÑEZ, Marina. El fuego de la visión. Catálogo de la Exposición. Sala Alcalá 31. Comunidad de Madrid, 2015

[3] CRUZ Y HERMIDA, J., Las Matronas en la historia desde la mitología a nuestros días, Plaza Ed., Madrid, 2007

[4] Ottawa, National Gallery of Canada

[5] Museo del Louvre, París

[6] BOUZA, F. Locos, enanos y hombres de placer en la corte de los Austrias. Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 1991

[7] Todas estas obras, incluida la de Sánchez Cotán, se pueden contemplar en el Museo del Prado de Madrid

[8] La pintura se encuentra en el Museo Nacional de Wroclaw, Polonia

[9] El retrato de Antonietta se conserva en el Castillo de Blois, y el de su padre, de autor desconocido, en el Museo de Historia del Arte de Viena.

[10] GODÍNEZ HERNÁNDEZ, Julio I. «La increíble y triste historia de Julia Pastrana» en Revista Quo, nº 187, mayo de 2013

[11] SOLÁNS, Piedad. Accionismo vienés. Donosita‐ San Sebastián, Nerea, 2000

[12] NEAD, Lynda. El desnudo femenino: Arte, Obscenidad y Sexualidad. Tecnos, 1998


[13] RUIDO, María. Ana Mendieta. Donosita‐ San Sebastián, Nerea, 2002

[15] CRUZ LICHET, Virginia de la. “Más allá de la propia muerte. En torno al retrato fotográfico fúnebre”, en BOZAL, Valeriano (ed). Imágenes de la violencia en el arte contemporáneo. Madrid, La Balsa de la Medusa, 2005, p. 163

[14] GUASCH, Anna María. Autobiografías visuales. Siruela, 2009

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